Por Ignacio Cervera, Psicólogo Experto en Chemsex
Nota de actualización: Este artículo fue publicado originalmente el 20 de diciembre de 2024 y ha sido revisado y actualizado el 26 de agosto de 2026 para incorporar evidencia más reciente, corregir algunas simplificaciones de la versión inicial y diferenciar con mayor precisión entre lo que sabemos por la investigación, lo que observo en mi práctica clínica y las hipótesis que utilizo en el análisis funcional de los casos.
El Monkey Dust es una de esas drogas de las que se habla mucho y se entiende bastante poco. Y lo primero que hay que aclarar es que Monkey Dust no es necesariamente una sustancia química concreta, sino un nombre de mercado que puede utilizarse para diferentes catinonas sintéticas.
Como psicólogo especializado en chemsex, me interesa la farmacología porque cambia los riesgos y lo que puede ocurrir durante una sesión. Pero en consulta necesito ir un paso más allá: qué función cumple esa sustancia en esa persona, qué ocurre antes de consumir, qué pasa después y por qué algunas veces la conducta continúa incluso cuando la experiencia ya ha dejado de ser placentera.
Con Monkey Dust y otras pirrolidinocatinonas esto puede ser especialmente relevante.
¿Qué es el Monkey Dust y qué no?
Durante años el término Monkey Dust se ha relacionado con sustancias como MDPV. Sin embargo, hoy sabemos que no es correcto utilizar el nombre como si identificara una molécula concreta.
El Advisory Council on the Misuse of Drugs británico define Monkey Dust como un producto de calle que puede contener diferentes catinonas sintéticas. En muestras analizadas recientemente en Reino Unido predominaba MDPHP, aunque también se detectaron α-PiHP, α-PHP y otros contenidos. Por tanto, que alguien compre algo llamado Monkey no permite saber con certeza qué ha consumido (Advisory Council on the Misuse of Drugs [ACMD], 2025).
Esto también significa que Monkey Dust no es sinónimo de alfa-PVP.
Alfa-PVP, MDPV, MDPHP, α-PHP o α-PiHP son sustancias diferentes, aunque varias pertenezcan al grupo de las pirrolidinocatinonas o pyros.
Y esto no es solo una precisión química. En consulta, cuando alguien me dice “he fumado Monkey”, conozco el nombre con el que recibió el producto, pero no necesariamente su composición.
Muchas de estas sustancias presentan una fuerte acción estimulante sobre los sistemas de dopamina y noradrenalina. Pueden producir activación, euforia, aumento de alerta y prolongación de la actividad, pero también ansiedad, agitación, insomnio, paranoia o síntomas psicóticos. El riesgo depende además de la sustancia concreta, la vía, la redosificación, el policonsumo y las horas acumuladas sin dormir.
Algunos hombres que he atendido me han descrito determinadas pyros como:
“La mefe multiplicada por 100”.
Evidentemente, eso no quiere decir que farmacológicamente sean cien veces más potentes. Pero sí me interesa conservar la frase porque refleja la enorme diferencia subjetiva que algunas personas perciben entre estas sustancias y otras que ya conocían.
Si quieres entender mejor qué significa realmente hablar de chemsex y cuándo deja de ser simplemente consumo de drogas para convertirse en un problema clínico puedes ampliar aquí.
Efectos del Monkey Dust en el chemsex: ¿por qué preocupa?
Uno de los errores más frecuentes es pensar que existe un único “efecto Monkey Dust”.
No es así.
En determinados contextos pueden aparecer una activación y desinhibición muy intensas, prolongación de la actividad sexual y tendencia a redosificar. Pero también ansiedad, insomnio, agitación o paranoia.
Desde la consulta, una distinción que me parece especialmente importante es ésta:
empezar a consumir y seguir consumiendo no siempre son el mismo problema.
Una persona puede comenzar buscando sexo, placer, exploración o intensidad.
Varias horas después puede estar cansada, ansiosa o incluso haber dejado de disfrutar y continuar redosificando.
En esos casos, decir simplemente “consume porque le gusta el chemsex” deja de explicar buena parte de lo que está ocurriendo.
La pregunta clínica pasa a ser otra:
¿qué mantiene la conducta una vez que el efecto que inicialmente buscaba ya ha disminuido?
Éste es precisamente uno de los lugares donde el análisis funcional puede aportar algo que una descripción farmacológica no puede responder por sí sola.
En chemsex, saber qué sustancia se ha tomado es solo una parte del análisis. Aquí explico cómo valoro también el contexto, la función y las cadenas que mantienen el consumo.
Paranoia, alucinaciones y delirios con el Monkey Dust: qué sabemos y qué veo en consulta
La relación entre catinonas sintéticas y síntomas psicóticos sí está documentada.
Una revisión sistemática y metaanálisis de 32 estudios encontró asociación entre consumo de catinonas sintéticas y síntomas como paranoia, delirios, alucinaciones y agitación, aunque la heterogeneidad entre sustancias y muestras impide estimar con precisión el riesgo de una persona concreta (Daswani et al., 2024).
En chemsex también existe literatura específica. Una revisión sistemática identificó síntomas psicóticos en diferentes muestras y señaló como variables asociadas el policonsumo, determinadas vías de administración y estimulantes como la metanfetamina. Los propios autores advierten, sin embargo, de las limitaciones de la evidencia disponible (Moreno-Gámez et al., 2022).
En consulta he visto episodios mucho más concretos.
Hombres convencidos de que alguien les estaba vigilando.
Que habían sido grabados.
Que sus compañeros sexuales querían perjudicarles.
Que determinados mensajes escondían información.
O que existía algún tipo de complot que necesitaban esclarecer.
En algunos casos, estas experiencias no desaparecen inmediatamente cuando termina el consumo. La persona continúa durante horas o días intentando reconstruir lo ocurrido y encontrando nuevos indicios que parecen confirmar su explicación.
Y ahí aparece algo que me interesa particularmente como psicólogo.
Consecuencias de la paranoia en el chemsex: lo que observo en consulta
En algunos de los casos más graves que he atendido, la paranoia no es únicamente una consecuencia del consumo. Puede empezar a modificar lo que la persona hace después.
Por ejemplo:
revisar mensajes una y otra vez, volver a aplicaciones, contactar de nuevo con participantes del chill, reconstruir conversaciones o buscar pruebas que permitan resolver qué ocurrió.
En algún caso, esa búsqueda de certeza termina acercando otra vez a la persona al propio contexto de consumo.
No afirmo que éste sea un mecanismo demostrado del Monkey Dust.
Es una hipótesis clínica derivada de casos que he atendido.
Desde el análisis funcional, lo relevante es preguntarse qué consecuencia tienen esas conductas.
Quizá revisar el teléfono reduce durante unos minutos la incertidumbre.
Quizá contactar con alguien da sensación de recuperar control.
Quizá volver al contexto donde ocurrió todo permite pensar que esta vez se comprenderá finalmente lo sucedido.
Si esa hipótesis es correcta, debería poder ayudarnos a predecir cuándo aumentan estas conductas y qué tendría que cambiar para reducirlas.
Y si los datos no la sostienen, hay que abandonarla.
Eso es muy diferente de colocar una etiqueta como “paranoia” y asumir que ya hemos explicado el problema.
¿Cómo se aborda la paranoia?
Cuando alguien está intensamente paranoide, discutir frontalmente sobre si sus sospechas son “reales” suele ser poco útil.
Una cosa es validar la experiencia:
“Entiendo que ahora mismo tienes muchísimo miedo y que para ti lo que está ocurriendo es completamente real”.
Y otra muy distinta confirmar como cierta la interpretación persecutoria.
Cuando existe psicosis aguda, desorganización importante, riesgo para uno mismo o para terceros o complicaciones médicas, la prioridad deja de ser el análisis psicológico ordinario y pasa a ser la seguridad y la valoración sanitaria.
Las guías clínicas para trastornos por estimulantes contemplan el uso de antipsicóticos para tratar síntomas psicóticos inducidos por estimulantes cuando están indicados y recomiendan un nivel asistencial adecuado cuando la intoxicación o la psicosis son graves (Clinical Guideline Committee Members et al., 2024).
Si el consumo empieza a afectar a la percepción, el sueño, las relaciones o la capacidad para tomar decisiones, aquí explico cómo valorar cuándo el chemsex está generando un problema que necesita intervención.
Algo que he visto en casos especialmente graves
Aquí quiero mantener una experiencia clínica porque creo que muestra una realidad que rara vez aparece en los artículos divulgativos.
En algunos casos muy graves que he acompañado, con episodios repetidos de paranoia o psicosis tras el consumo y con una elevada probabilidad de que la persona volviera a consumir, he visto planes psiquiátricos individualizados en los que se administraba medicación antipsicótica previamente a un nuevo consumo previsto, intentando limitar la desorganización posterior.
No lo presento como una recomendación.
Tampoco como una estrategia preventiva cuya eficacia esté demostrada.
Y desde luego no es algo que una persona deba hacer por su cuenta.
Lo cuento porque es algo que he visto en la realidad asistencial de casos de elevada gravedad. Las guías respaldan el tratamiento médico de la psicosis inducida por estimulantes, pero eso no equivale a demostrar que administrar un antipsicótico antes del consumo prevenga una nueva psicosis.
Para mí, que un caso llegue a necesitar una planificación psiquiátrica de este nivel es además un dato clínico muy importante:
¿qué está haciendo que el consumo siga siendo probable pese a unas consecuencias tan graves?
Reducción de daños: algunas cuestiones especialmente importantes
No todas las personas que practican chemsex quieren dejar de consumir, y no creo que la ayuda psicológica deba condicionarse automáticamente a la abstinencia.
Pero reducción de daños tampoco significa que todos los riesgos puedan hacerse desaparecer.
Con Monkey Dust y otras catinonas, hay tres cuestiones que considero especialmente relevantes.
No asumir que sabemos qué sustancia contiene el producto. El nombre Monkey no garantiza la composición.
Tener en cuenta la duración de la sesión y el sueño. En estimulantes, permanecer muchas horas despierto puede aumentar de forma importante el deterioro y la vulnerabilidad a síntomas psicóticos.
Tener una persona o recurso al que pedir ayuda. No basta con “tener amigos”. Importa que exista alguien activable cuando la persona empieza a perder capacidad para manejar lo que está ocurriendo.
Si aparecen paranoia intensa, desorganización, riesgo de hacerse daño o dañar a otra persona, pérdida importante de contacto con la realidad o síntomas físicos graves, considero que deja de ser razonable tratarlo simplemente como “otra parte del chill”.
Historias reales y reflexiones desde la consulta
Aquí quiero introducir otro matiz que no procede de una encuesta ni de un estudio poblacional.
En los casos de chemsex que atiendo procedentes del Levante español, el alfa-PVP aparece con una frecuencia que me resulta llamativa. Dentro de mi propia casuística clínica, lo encuentro más a menudo que la mefedrona entre algunos de los hombres que llegan buscando ayuda.
Esto no significa que alfa-PVP sea más utilizado que la mefedrona en Valencia o en el Levante.
No tenemos datos representativos que permitan decir eso.
Describe únicamente lo que yo estoy viendo en mi consulta.
Y probablemente exista un sesgo importante: los hombres que terminan solicitando ayuda psicológica pueden presentar patrones diferentes de quienes practican chemsex sin malestar o sin consecuencias significativas.
Los pocos datos toxicológicos españoles disponibles también deben interpretarse con cuidado. Un estudio de 2026 analizó 122 jeringas procedentes de un centro de adicciones de Madrid y detectó catinonas en el 99 % de las muestras. Es una señal objetiva de ese contexto concreto, no una estimación de la prevalencia de catinonas en Madrid ni en España (Pernas-Fraguela et al., 2026).
Precisamente por eso creo que tiene sentido distinguir entre:
lo que dicen los estudios,
lo que aparece en determinados servicios,
y lo que observo yo en los casos que llegan a mi consulta.
Las tres fuentes aportan información, pero no responden a la misma pregunta.
La experiencia clínica aporta información que los datos agregados no siempre captan. Aquí explico cómo intento integrar esa información sin convertirla en una regla general para todos los casos.
Entonces, ¿qué me preocupa realmente del Monkey Dust?
No me interesa presentarlo como una “droga monstruo” que inevitablemente conduce a la psicosis.
Pero tampoco minimizar unas sustancias que pueden estar asociadas a cuadros realmente graves.
Lo que me preocupa especialmente es la combinación de:
composición incierta, estimulación intensa, redosificación, sesiones prolongadas, privación de sueño, policonsumo y cambios progresivos en la capacidad para tomar decisiones y la rapidez del deterioro que observo en mis consultantes.
Y, desde psicología, todavía necesito saber algo más.
Dos hombres pueden consumir una sustancia parecida y hacerlo por razones completamente diferentes.
Uno puede buscar intensidad sexual.
Otro pertenencia.
Otro prolongar determinadas prácticas.
Otro aliviar malestar.
Y otro puede empezar buscando placer y terminar varias horas después redosificando sin saber muy bien por qué continúa con la consecuente sensación de pérdida de control.
Por eso la farmacología es imprescindible.
Pero la farmacología no sustituye al análisis funcional.
La pregunta no es únicamente:
“¿Qué droga has tomado?”
También necesitamos entender:
“¿Qué lugar está ocupando este consumo en tu vida y qué hace que siga siendo una opción suficientemente potente como para volver a ella?”
Si te reconoces en alguna de estas situaciones y quieres entender mejor qué lugar ocupa el chemsex en tu vida, en Querido Amigo Marica estamos listos para ayudarte.
Referencias
Advisory Council on the Misuse of Drugs. (2025). Synthetic cathinones: An updated harms assessment. Home Office.
Clinical Guideline Committee Members, ASAM Team, AAAP Team, & IRETA Team. (2024). The ASAM/AAAP clinical practice guideline on the management of stimulant use disorder. Journal of Addiction Medicine, 18(1S Suppl. 1), 1–56. https://doi.org/10.1097/ADM.0000000000001299
Daswani, R. R., Choles, C. M., Kim, D. D., & Barr, A. M. (2024). A systematic review and meta-analysis of synthetic cathinone use and psychosis. Psychopharmacology, 241(5), 875–896. https://doi.org/10.1007/s00213-024-06569-x
Moreno-Gámez, L., Hernández-Huerta, D., & Lahera, G. (2022). Chemsex and psychosis: A systematic review. Behavioral Sciences, 12(12), 516. https://doi.org/10.3390/bs12120516
Pernas-Fraguela, C., Rodil, R., Quintana, J. B., Saez, A., Olmos, R., Mestre, J., Isorna, M., & Montes, R. (2026). The role of syringe residue analysis in identifying substances consumed in sexualized drug use practices. Journal of Pharmaceutical and Biomedical Analysis, 270, 117311. https://doi.org/10.1016/j.jpba.2025.117311





